AUTOBIOGRAFÍA
Tengo veintitrés años, soy estudiante de Educación y estoy en una relación desde hace cuatro años con una persona maravillosa. Nací en la ciudad de Huacho en Perú y crecí con unos padres que siempre me quisieron mucho, a veces creo que demasiado.
Mis primeros recuerdos son desde que tengo cuatro años y me la pasaba corriendo y jugando con mis vecinos. Siempre tuve una familia muy amorosa y es algo que agradezco firmemente, no todos tienen la misma fortuna que yo.
Solía ser una niña muy tímida ya que no sabia como hacer amigos y cuando empece la primaria comencé a sufrir de bullying. Moralmente, para una pequeña de seis años que no sabe por qué razón los demás niños la tratan mal fue aplastante.
Recuerdo contarle de estas cosas a mi madre, pero ella no solía prestarle mucha atención a estos detalles. Era y es una persona muy ocupada desde siempre, así que simplemente ignoraba estos hechos, y mi padre no pasaba mucho tiempo en mi casa. Éramos muy pobres así que ambos se la pasaban trabajando y en el caso de mi madre, estudiando también.
Como siempre solía tener la atención de ambos antes de empezar la primaria esto se me hizo especialmente difícil de aceptar, pero poco después deje de intentar explicárselos.
Así que fue a los ocho cuando entendí que yo no valía nada para el resto. Deje de intentar hacer amigos y en cierta parte eso fue mejor, ya que dejaron de prestarme atención en el colegio y ya no me fastidiaban mucho. Llegue a conocer a Diana, quien incluso llego a fingir que éramos amigas porque se habían retado entre las niñas de mi aula sobre por cuánto tiempo podría aguantarme.
Las pocas amistades verdaderas que hice fueron aquellas que se dieron de forma natural, como mi mejor amiga con la cual aun nos mantenemos en contacto y llevamos más de diez años de amistad.
Fue poco después que ocurrió un hecho que me marco para toda mi vida. La pérdida de confianza en un familiar ajeno de mis padres y hermanos. Yo era tan inocente que no supe realmente de que era esto hasta que la televisión misma me hizo darme cuenta de la realidad.
Ser consciente de ello me destrozo, me amargo, me hizo sentirme pequeña e indefensa ante lo que yo creí que podría confiar, mi familia. No comprendía, no entendía por que me tuvo que pasar algo así a mi, jamás logre aceptarlo del todo y nunca se lo conté a nadie.
Pasó un año cuando ocurrió un evento que termino por hacerme sentir más desdichada, mis padres decidieron hacer sus vidas por separado; era algo que ya veía venir y solo tenia nueve. ¿Qué tan mal debe de estar la situación en una familia para que hasta los hijos sean capaces de imaginar lo que pueda suceder? Mi pequeña familia se rompió y mientras mi hermano menor se fue con mi padre, mi hermana mayor y yo nos quedamos con mi madre.
La reacción de mi hermano menor y yo fue muy diferente. Mientras que yo me convertí en una pre adolescente rebelde que buscaba siempre retar a su madre e ignorar todas las cosas que pudieran decirme, él decidió convertirse en un mudo, claro al menos cuando de otras personas se refería, pero se volvió mas callado de lo normal.
Con todas estas cosas el bullying del que era objeto en mi nueva escuela no era algo que me hiciera sentir más deprimida de lo habitual, solo me hacia recordar que siempre, a pesar de todas las cosas malas que nos suceden, si no buscas una solución a al menos una de ellas te ira mucho peor.
¿Pésimo refrán no? Pero esa fue mi filosofía de vida durante los siguientes seis años.
Un asco total sin duda, pero las cosas malas no son las únicas que debo recordar, aunque son las que más rondan por mi mente. También hubieron momentos muy bellos, como mi vestido de promoción de la escuela primaria, el cual no pude comprar pero que mandaron a arreglar uno viejo que me hizo sentir feliz a pesar de todo. O las constantes veces que compartía con mi mamá cuando ella no estaba tan cansada y como jugábamos juntas, o como me pude acercar mucho más a mi hermana contándonos nuestros secretos, jugando a ser modelos y que me hizo sentirme afortunada de tener a una persona tan buena como ella.
También recuerdo mucho como aprendí a cocinar con mi primo favorito, y esa fue sin duda la anécdota más divertida de mi infancia, aún me carcajeo cuando pienso que a pesar de que estuvimos haciendo ambos los mismos pasos como revolver el huevo, calentar el aceite en la misma cantidad de tiempo y echando la misma cantidad de sal, su huevo frito terminó crudo y el mio quemado. Y las tardes preparando mazamorras con mi abuela, bueno ella preparando y yo ayudándola revolviendo la harina, pasando el azúcar, buscar las frutas y así en cosas que pudiera hacer.
O todas las veces que era feliz con mi hermano menor descubriendo cosas nuevas, desarmando juguetes para volver a armarlos y que muchas veces termino en desastre. Aprendiendo a usar una bicicleta junto con el susto de casi caerme por un barranco, viendo dibujos animados, escuchando música, aprendiendo a tocar el piano; y muchas más anécdotas divertidas que me hacen sentir que a pesar de todo no tuve una infancia mala, solo un poco problemática.
Hay muchas más sin ninguna duda, me siento afortunada de haber nacido en una familia que con todos sus defectos, se quiere y se apoya.
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